78. Puertas y nombres
Vinieron con carpetas y una amabilidad que dolía de tan falsa. Ese tipo de cortesía que no busca suavizar nada, sino dejar claro que el poder cree que no se despeina. Entraron en fila irregular: dos de saco, uno con chaleco, otro con una mochila del Estado que parecía pesar más por los secretos que por los papeles.
—Orden de allanamiento —leyó el de voz fina, como si disfrutara pronunciarlo. La firma al pie era la del fiscal viejo, el que se congela cuando la realidad se mueve demasiado rápido