78. Puertas y nombres
Vinieron con carpetas y una amabilidad que dolía de tan falsa. Ese tipo de cortesía que no busca suavizar nada, sino dejar claro que el poder cree que no se despeina. Entraron en fila irregular: dos de saco, uno con chaleco, otro con una mochila del Estado que parecía pesar más por los secretos que por los papeles.
—Orden de allanamiento —leyó el de voz fina, como si disfrutara pronunciarlo. La firma al pie era la del fiscal viejo, el que se congela cuando la realidad se mueve demasiado rápido para su comodidad. El que finge no tener poder, salvo cuando se trata de concedérselo siempre a los mismos.
Yo respiré hondo, pero firme.
—Con luz, por favor —pedí—. Ya vimos lo que pasa cuando trabajan a oscuras.
El de saco cruzó los brazos sin mirarme del todo.
—La luz no depende de nosotros.
—Parece que todo depende de ustedes cuando les conviene —respondí, y sentí una fuerza cálida en la espalda. No era Fran, no era Vera: era la idea del pueblo detrás. La sensación de que miles habían