77. Donde la pasión también pelea
Apenas bajé del banco, todavía con la voz vibrándome en la garganta y el nombre Valera haciendo eco entre la gente, una moto sin patente se metió entre la multitud y me rozó las piernas con violencia. El tipo que la manejaba estiró el brazo y trató de arrancarme el bolso como si fuera carroña. Yo reaccioné tarde; el cuerpo seguía lleno de adrenalina, pero confundida, gastada.
Fran llegó antes que mi propio reflejo. Le tomó la muñeca al atacante con una precisión que no necesitaba fuerza sino certeza. Un giro seco, un gesto que no buscaba herir sino detener, y el tipo terminó en el suelo. No hubo heroísmo, ni esa cinematografía que a veces la memoria inventa; hubo eficacia, simple y urgente, como se responde a un incendio con un balde de agua.
La gente alrededor formó un círculo inmediato. No para atacar, sino para proteger, para ahuyentar al oportunista que usaba el caos para pescar miedo. El tipo se largó a correr sin su premio y sin dignidad. Yo me quedé con el bolso en la mano y co