69. El nombre que falta
Nos despertó un mensaje de Vera que apareció en la pantalla con la contundencia de un llamado: “Lara quiere leer.”
Ni buenos días, ni explicaciones. Solo eso, tan simple y tan enorme. Me incorporé de golpe, todavía con el sueño pegado a los ojos y el cuerpo tibio del descanso raro que habíamos conseguido. Fran ya estaba sentado, abrochándose la camisa como si aún no hubiera terminado de salir del día anterior. Lo miré y asentimos al mismo tiempo, como si nos hubieran dado una orden silenciosa