64. A oscuras también se ve
La oscuridad no era total: las luces de emergencia nos regalaban una versión rudimentaria del mundo, una maqueta roja y temblorosa donde todo parecía más cercano y más frágil. Los servidores respiraban como animales dormidos, exhalando un calor tenue que se mezclaba con el olor a cable recalentado. En ese semipenumbra, cada sombra parecía tener su propio pulso. Él, en cambio, se movía con la seguridad de quien no necesita ver para encontrar su trono. Yo usé el mapa que el miedo dibuja en la planta de los pies, ese que te indica dónde pisa el peligro incluso antes de escucharlo.
—Si de verdad podés apagarlo todo —dije, buscando su contorno entre los destellos intermitentes—, ¿por qué necesitás esconderte?
Su voz llegó desde un punto imposible, como si orbitara alrededor de mis dudas.
—Porque el control no se exhibe —respondió—. Se insinúa.
Fran se arrastró hacia el tablero eléctrico, usando los cables como guía. Yo me moví hacia el vidrio esmerilado, ese que en la luz plena amenazaba y