52. Señales en la ciudad

La capital tenía la misma mueca de siempre, carteles, lluvia oblicua, bocinazos que te educan a golpes. Caminé con la capucha arriba y la llave en el bolsillo, como si llevara un amuleto y no una pregunta. Fran, a medio paso, hoy más silencioso que de costumbre; el silencio de él es brújula, no ausencia.

La dirección de Lara quedaba en una calle de árboles viejos y porteros discretos. Me miré en el vidrio del hall: no era la chica del pueblo ni la asistente asustada. Era una mujer que venía a cobrar una verdad.

Un guardia nos pidió nombres. Dije el de mi madre. Fue como un conjuro: el tipo titubeó y nos dejó pasar hasta un ascensor que olía a desinfectante caro. Arriba, el pasillo era un cambio de clima. Puertas que parecen no abrirse nunca. Una al fondo: H.

Toqué. Nadie. Toqué de nuevo. Una cámara parpadeó, se apagó. La puerta se abrió sin ruido.

El departamento tenía más libros que muebles. Sobre una mesa, sobres abiertos con subrayados en rojo. Lara Hartmann estaba de pie junto a l
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