50. Donde el ruido se hace nombre. Fran
El molino otra vez. Ese edificio que guarda historias como un animal viejo: óxido, ladrillo húmedo, ecos atrapados. Las escenas regresan hasta que uno las termina; la vida tiene ese sentido cruel del círculo. Entramos por el lado del canal, con la luz apagada y los pasos midiendo la respiración del agua. A lo lejos, el pueblo seguía indiferente, esa indiferencia necesaria para que el peligro haga nido sin resistencia.
Dentro, el interior era igual que siempre: hierro viejo, techos altísimos, sombras que parecían colgar como telarañas. Lo diferente era el olor. Gas. Un olor que te muerde la nariz y te dice que cada movimiento puede ser el último. HLK cambia los juguetes, nunca el truco.
—Arriba —susurré, señalando la escalera lateral.
Subimos con cuidado. El metal crujía, no demasiado, pero lo suficiente para recordarnos que estábamos siendo escuchados por estructuras que ya sobrevivieron demasiadas cosas. En el rellano, un teléfono encendido mostraba un temporizador: 04:59. 04:58.
Un