51. Los hilos que no se cortan
La tinta del mensaje en el vidrio se había corrido con el rocío de la madrugada. Las letras, antes firmes, ahora parecían lloradas: “No están a salvo. Pero están juntos.”
La frase me atravesó de una manera que no quise admitir. Había en ella una especie de sentencia y, al mismo tiempo, un permiso silencioso. Quise borrarla con la manga, como si limpiar letras pudiera cambiar el mundo, como si la ausencia de tinta pudiera darnos algún tipo de respiro. Pero cuando levanté el brazo, Fran me tomó d