47. Lo que corre

No sabría decir a qué velocidad manejé. El velocímetro podía haber marcado cien o cuarenta y no hubiera hecho diferencia. Lo único que recuerdo con claridad son mis manos: rígidas, aferradas al volante, ajenas a mí. No parecían mis manos, sino las de alguien que tomó el control porque yo ya no podía pensar en nada que no fuera avanzar. Avanzar lejos del puente, de Tomás, de la sombra que casi nos roba el aire.

A un kilómetro apareció la luz intermitente de una obra. No podía seguir por ahí. Gir
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