46. La puerta que no abre. Fran
El fiscal nos recibió con cara de recién despertado y un café frío que parecía más un mensaje que una cortesía. El despacho olía a papel viejo, humedad controlada y ansiedad contenida. Era la madrugada, esa hora en que nadie quiere trabajar pero todos temen perder algo si no lo hacen. Él no tenía ganas de creer lo que traíamos, pero sí de cubrirse la espalda. Eso me bastaba.
Le entregué el juego de copias con cuidado, como si fueran vidrios templados a punto de quebrarse: el pliego de “donacion