48. La luz mala

Las subestaciones de pueblo son templos pobres. Ninguna conserva el aura de grandeza de las ciudades; aquí todo es ladrillo gastado, alambrado torcido por años de viento, buzones metálicos vencidos, luces tristes que parpadean como si dudaran de sí mismas. Pero aun así, sostienen al mundo. Sostienen lo que amamos sin que nadie les agradezca jamás. Y quizá por eso duele verlas profanadas.

HLK había dejado su firma como un grafiti caro: sensores nuevos incrustados en postes viejos, cámaras con ese lente muerto que todo lo ve sin parecer que mira, cajas grises sin placa y demasiado limpias, como dientes ajenos en una boca conocida. No había poesía en esa instalación; solo la prepotencia de quienes creen que controlar es igual a poseer.

El plan era simple en teoría: entrar, copiar, apagar. No destruir. No volar. No incendiar. El fuego es de ellos; lo nuestro es el agua. Lo nuestro es el daño justo, el que revela y no arrasa.

Cruzamos por el lateral, por un hueco que un vigilante con resac
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