43. El molino
El molino es un mamut dormido: hierro húmedo, engranajes fosilizados por décadas de polvo, olor a grano muerto que se pega a la ropa y a la memoria. Cada paso que damos hace un sonido hueco, como si camináramos dentro de una bestia antigua que no quiere despertar. Bajamos por una escalera mordida de óxido. El metal se queja bajo nuestras suelas. El haz de la linterna corta el aire en líneas rectas que no alcanzan a domesticar la oscuridad.
El lobito va adelante, nariz al suelo, alertando sin ladrar. A mitad del tramo, escuchamos un golpe ahogado, algo entre un cuerpo chocando contra madera y el sonido de alguien intentando no gritar.
—Rocío —llamé, tragando el miedo para que no se notara—. Soy Mile.
Hubo un silencio mínimo, como una prueba.
—Acá —respondió al fin una voz rasposa—. Apaguen la luz. —Obedecimos sin discutir—. La cámara está detrás del tornillo grande.
Fran se deslizó como una sombra entrenada, sin que el metal rechinara. Lo vi trabajar casi sin verlo: palpó el tornillo,