44. Pacto de agua
Nos escondimos en el único lugar donde nadie nos imaginaría: la casa del viejo maestro de física, esa construcción baja que casi se confunde con la orilla del canal grande. Vive solo desde hace años, acompañado únicamente por un telescopio que apunta a un cielo que nunca se cansa, tres termos repartidos por toda la casa y una paciencia que parece fabricada con otro material, más resistente que la del resto de nosotros. Le debíamos favores que nunca quedaron escritos pero pesaban igual. Nos abrió la puerta sin formular una sola pregunta. Nos miró de arriba abajo, vio el estado de Rocío, y simplemente señaló hacia el baño y hacia una pila de toallas limpias. Luego, como quien conoce la urgencia del cuerpo antes que la del alma, nos indicó rutas hacia ropa seca, sopas calientes y una estufa pequeña que resoplaba como un gato viejo. Los héroes, entendí, a veces son gente que sirve platos hondos sin necesidad de pedir aplausos.
Mientras Mile curaba a Rocío en la cocina, yo desplegué sobre