31. Despertar entre ruinas
El silencio después del ruido no era silencio. Era un zumbido espeso, constante, como si el mundo todavía respirara con dificultad, como si algo siguiera vibrando debajo de los escombros. Abrí los ojos entre polvo y destellos. Todo olía a plástico quemado, a metal retorcido y a miedo, ese miedo antiguo que se mete por la nariz y se queda ahí, atrapado. El aire tenía ese sabor seco del humo que deja la electricidad cuando muere, un sabor que raspaba la garganta y me hacía toser sin poder moverme