18. Fuego amigo
La jornada empezó antes de que saliera el sol.
No dormí.
El reloj marcaba las cinco y aún no amanecía. La ciudad respiraba en ese silencio previo al tráfico, donde los motores parecen contener el aire. Hice café con manos temblorosas, más por costumbre que por necesidad. Mi pequeño lobito me observaba desde la esquina de la cama, ladeando la cabeza, intentando entender por qué los humanos insistimos en no dormir cuando más lo necesitamos.
Le serví su comida, ese ritual que siempre lograba ancla