106. El idioma del pais

El protocolo intentó cortar la transmisión como quien baja una palanca creyendo que el mundo cabe en un tablero. La pantalla parpadeó, el sonido hizo un amague de caída, pero no hay cable para callar a mucha gente al mismo tiempo. La plaza no dependía ya de un enchufe: se había convertido en idioma. Y ese idioma llevaba mi voz mezclada con cientos, con tonos torpes, con respiraciones que entraban tarde, con palabras repetidas porque alguien necesitaba escucharlas dos veces para creerlas propias.

El eco no venía de los parlantes. Venía del cuerpo.

De pronto, una cámara profesional se abrió paso entre termos y mochilas. No era una transmisión improvisada: lente grande, micrófono con logo, cable grueso. Un periodista de cadena nacional, uno de esos que llegan tarde pero llegan, que miran alrededor antes de hablar para entender de qué lado sopla el aire. Se me acercó sin empujar. Me tendió el micrófono con un respeto nuevo, casi incómodo.

—Decílo como quieras —me pidió, y no sonó a con
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