100. Elegir lo que se salva
Llegamos al túnel sin aliento, como si el aire se hubiera quedado arriba, en el pinar. Detrás, pasos desordenados, luz blanca barriendo las paredes, órdenes en inglés cortado y ese español duro que se aprende en academias privadas. No teníamos más tiempo. El margen se había cerrado como un puño.
La escalera de aire vibraba con cada golpe lejano. Lobito se frenó de golpe, giró y ladró hacia atrás con una fiereza desproporcionada para su tamaño, como si creyera de verdad que podía detener gigantes a puro coraje. Ese ladrido me atravesó el pecho.
Lara me empujó el disco a la mano. No fue un gesto suave. Fue una orden.
—Llevátelo —dijo—. Yo detengo.
—No —respondí, automática—. Te saco conmigo.
—No podés —replicó sin levantar la voz—. Van a cerrar la salida. Alguien se tiene que quedar para trabar.
Me miró de frente, sin épica, sin consuelo anticipado. Con ese amor que no pide permiso ni perdón.
—Lo hago por tu madre.
El mundo se partió en dos como un tronco verde. No con ruido sec