99. Lo que queda cuando cae el ruido. Fran
Los vi entrar como sombras educadas. No corrieron, no gritaron. Trajes sin placa, prolijos hasta en la manera de pisar. Armas con permiso prestado, de esas que no pesan en la conciencia porque alguien más firmó el papel. Damián no estaba. Demasiado elegante para ensuciar sus zapatos en un búnker sin ventanas. Él manda a otros a hacer el ruido.
Dos hombres avanzaron. Uno levantó el arma. El otro levantó la voz.
—Tranquilos —dijo.
No saben que esa palabra me da ganas de reír. No porque sea graciosa, sino porque siempre llega tarde.
—No queremos lastimar a nadie —mintió el del traje, con acento limpio.
—Noruegos —susurró el maestro en mi oído—. Seguridad privada internacional. Contrato corto.
Entendí rápido: Valera terceriza hasta el miedo. Compra distancia. Compra manos ajenas para no manchar las propias.
Miré alrededor en un segundo largo. Mile estaba rígida, apretando la llave con corazón hasta marcarse la palma. Lara había dado un paso adelante, poniendo el cuerpo entre nosotr