101. Lo que hacemos
La montaña vibraba bajo las suelas como si estuviera masticando un secreto antiguo y recién despierto. No era un temblor claro; era más bien una insistencia, un murmullo mineral que se te mete en los huesos y no te pregunta nada. Tenía el disco apretado contra el pecho, envuelto en una campera que ya no olía a mí, la llave con corazón bien hundida en el bolsillo interno, y a mi pequeño lobito pegado a la pantorrilla, alerta, serio, como si hubiera entendido que hoy no era día de juegos.
Vera avanzaba unos pasos adelante marcando con aerosol naranja una ruta mínima sobre las piedras: flechas torcidas, puntos, una X donde había que girar. “Por si nos toca volver en tinieblas”, había dicho, y nadie discutió. El maestro hablaba por la radio con una calma que solo tienen los que ya vieron caer varias tormentas y aprendieron a nombrarlas. Coordinaba tiempos, respiraciones, silencios. Como si el caos fuera un idioma.
En mi cabeza seguía parpadeando la frase que la ciudad había escrito sola