La mansión de Malibú, grande y frente al mar, se había convertido en el refugio de Horus y Senay. Era su fortaleza, el lugar donde podían dejar de actuar.
Los primeros días fueron para poner las reglas, como si estuvieran firmando otro contrato, pero esta vez, para vivir juntos. La casa era enorme, pero la amenaza del veneno los obligó a tomar una decisión difícil: compartir la suite principal. No por cariño, sino por seguridad. Horus insistió. Era más fácil protegerla si estaban cerca.
—La pla