El edificio de oficinas de Horus Arslan, en el corazón de Los Ángeles, era tan frío y moderno como él mismo. Ventanas de cristal oscuro, acero pulido, y un silencio que imponía respeto. Estaba a media hora de Malibú, la distancia justa para que Horus pudiera separarse de su fachada de esposo.
Horus estaba en su oficina, trabajando en una mesa de caoba maciza, cuando entró un hombre enorme. Era Nicolai Koslov, un ruso, empresario de talla mundial, y el mejor amigo de Horus desde la universidad.