El silencio que siguió a la irrupción de Horus no era un vacío, sino un peso físico, una capa helada de tensión que se posó sobre cada superficie, cada persona. La cabaña, antes escenario de un juicio íntimo, se había convertido en un campo de batalla donde los códigos fraternales y paternos se deshacían en el aire.
El ambiente era tenso. El único sonido audible era la respiración rápida y superficial de Senay, con el frío cañón del arma presionando su sien, y el jadeo frenético de Ahmed, cuya