El silencio en el dormitorio era más pesado que el plomo. Solo se escuchaba la respiración suave y entrecortada de Senay, un sonido que torturaba la conciencia de Ahmed. Él estaba sentado en el borde de la cama, inmóvil, observándola.
Era una imagen de fragilidad absoluta. Ella se abrazaba a sí misma, los brazos cruzados sobre el pecho en un gesto instintivo de protección, y ponía una mano en su vientre, ese lugar donde la vida había existido y donde ahora solo quedaba la sombra de un recuerdo.