Capítulo LXXIX

La mesa estaba puesta como un altar a la ilusión: cristal fino, porcelana, velas parpadeantes y un único tallo de rosa roja. Pero en lugar de un banquete romántico, lo que allí se servía era tensión pura.

La tensión en la mesa era evidente, espesa como la niebla del mar. Ahmed comía con un apetito voraz, el rostro iluminado por la alegría distorsionada de quien cree estar viviendo el momento más feliz de su vida. Senay, sentada frente a él, era la personificación de la quietud forzada. Senay tr
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