La orquesta había pasado de los vals a un jazz suave, y los invitados se habían acomodado en sus mesas, listos para el banquete. La mesa principal, elevada en un estrado, era el centro del universo de los recién casados.
Senay y Horus se pusieron de pie, tomados de la mano, para ofrecer el brindis. Senay se sentía extrañamente ligera. El miedo latente que la había acompañado durante las últimas semanas había sido momentáneamente desplazado por la simple alegría de la formalidad. Por un momento,