Ian sale con velocidad de su casa, con el teléfono en una mano y las llaves en la otra, deja a su paso las llaves en el buzón, como le había avisado a Mateo que haría para que Lina pudiera entrar sin problemas, mientras marca el número de la joven para pedirle el favor de que llegue a su casa lo más rápido que le sea posible para ocuparse de Mateo. En cuanto Ian le pidió que se quedara con el niño, la castaña respondió que sí sin pedirle alguna explicación y sin vacilar, eran esas cosas que a Ian le hinchaba el pecho de orgullo, todos ellos siempre estaban juntos, eran amigos, pero más que nada eran una enorme familia disfuncional y un poco fuera de lo común. El rubio le explicó dónde dejaba las llaves para ella y que hiciera de la cocina lo que le vinieran en ganas, siempre y cuando sirva para alimentar al chico, a su hijo de corazón. Lina ante esa expresión soltó una carcajada, pero de todas formas parecía tranquilizándolo.
—Rubio —Lina llama su atención antes de cortar la llamada—