Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente, estar sentado en la sala de juntas de la Corporación Grimaldi era lo más parecido a esperar la muerte.
Sentado al otro lado de la inmensa mesa de caoba estaba Julián, el hombre que, sin tener la menor idea, había firmado su propia sentencia al aceptar una cita a ciegas con la señora Grimaldi. Le temblaban las manos sobre las rodillas, el nudo de la corbata parecía ahorcarlo y sudaba frío bajo la mirada del multimillonario. —Señor... por favor, se lo juro por lo que más quiera en este mundo, yo no tenía la menor idea de que ella era casada —tartamudeó el hombre, encogiéndose en la silla. Víctor ni siquiera se había molestado en sentarse. Estaba de pie junto a su silla, tamborileando los dedos sobre la madera despacio, dejando que el silencio hiciera sudar al hombre a propósito. Se giró lentamente y su rostro era pura arrogancia. —Te puedo perdonar la vida, y evitar dejarte en la calle pidiendo limosna, pero con una sola condición —soltó Víctor, arrastrando las sílabas con desprecio haciendo tragar saliva al chico. —Lo que sea. Lo que usted ordene. Por favor, déjeme ir, se lo suplico, era solo una simple cita arreglada por una conocida, yo no busco problemas... Víctor avanzó hasta la mesa con pasos lentos y deslizó una carpeta negra hacia el hombre asustado. —Tomaré tu lugar, así que firmas este contrato y te desapareces de California hoy mismo. No vas a llamar a nadie, ni vas a cancelar nada. De la cita y de mi esposa me encargo yo. Julián miró el documento y luego al dueño del imperio Grimaldi. No le quedó otra salida. Tomó el bolígrafo y firmó de inmediato cada una de las páginas, cediendo su lugar sin chistar. Cuando el hombre salió huyendo de la oficina, Víctor esbozó una sonrisa ladeada llena de satisfacción. Todo estaba arreglado. Él mismo sería el acompañante de Amanda en esa cita. Si ella quería jugar con fuego y buscar a un hombre que la tocara y le hiciera perder la cabeza, lo iba a tener. Pero ese hombre, escondido bajo las sombras de otra identidad, iba a ser él. *** Horas más tarde, el lujoso y moderno apartamento de soltero de Daniel, Víctor era un manojo de nervios. Daniel estaba recargado en la isla de la cocina, sirviéndose un trago de whisky con la mayor tranquilidad del mundo, disfrutando del espectáculo en primera fila. —Estás más loco que una cabra, hermano —dijo Daniel, dándole un sorbo a su bebida y negando con la cabeza—. De verdad que tener tantos millones en la cuenta del banco te está afectando el cerebro de forma permanente. ¿Te escuchas cuando hablas? Víctor caminaba de un lado a otro por el inmensso salón, repasando el plan en su mente y mirando el reloj de su muñeca cada dos minutos. —Ya cállate, Daniel. Me tienes mareado con tu parloteo. Sé perfectamente lo que hago y por qué lo hago. —¿Seguro? —Daniel se echó a reír con ganas, haciendo tintinear los hielos en su vaso—. Porque a mí me suena a un guion de película barata. ¿A qué hora se supone que llegan los maquillistas y los expertos en transformarte? Porque si vas a salir a seducir a tu propia esposa fingiendo ser otro, más te vale que hagan magia. —Ya deben estar por subir —respondió Víctor, con la mandíbula tiesa—. Son profesionales de primer nivel traídos de los mejores estudios. Les estoy pagando una fortuna para que me cambien el rostro, el color de cabello y hasta mis facciones. Daniel dejó el vaso sobre el mármol y lo miró con repentina seriedad. —Víctor, aterriza. No seas iluso. Es Amanda. Ha vivido bajo tu mismo techo durante tres años. Conoce tus gestos. ¿No crees que en cuanto te vea caminar, o te huela el perfume, o escuche tu tono de voz, va a saber exactamente quién eres y te va a mandar al diablo? —No lo hará —aseguró Víctor con terquedad—. El área VIP de ese club es exclusiva, discreta y muy oscura. La música estará lo suficientemente alta y modularé la voz. Estaré caracterizado a la perfección, Daniel. Amanda no va a reconocer absolutamente nada del marido que tanto dice odiar. Daniel soltó una risita burlona y se cruzó de brazos, dándole a su amigo justo en el ego. —Lo que tú digas, campeón. Pero a mí no me engañas. Tan solo viste que la muñequita de porcelana salió del cascarón, te gritó un par de verdades y se te alborotaron los celos de la nada. Estás aterrado de que llegue otro tipo más listo y le dé lo que tú, por puro orgullo, no has querido darle. El golpe dolió porque era cierto. Víctor sintió que la sangre le hervía en las venas y lo fulminó con una mirada letal. —Desde cuándo te metes tanto en mis asuntos matrimoniales, Daniel. Te dije que tengo toda esta situación bajo absoluto control. Amanda no va a... El sonido agudo del timbre del penthouse cortó la discusión de golpe. Daniel sonrió de oreja a oreja, disfrutando la ironía y el cinismo de la situación al máximo. —Ya llegaron tus hadas madrinas —bromeó Daniel, dándose la vuelta para caminar hacia la entrada—. Vamos a ver si tus millones y tu disfraz te alcanzan para domar a la mujer que ahora mismo te tiene temblando.






