No estaba volviéndome loca... Al menos no en ese sentido.
Los mareos no me estaban dando tregua. Cada mañana despertaba con la cabeza pesada, con terribles náuseas que me revolvían el estómago y con un inquietante miedo que me apretaba el pecho. Sabía lo que significaba. No necesitaba una estúpida prueba para reconocer esas sensaciones; mi cuerpo ya lo había vivido antes, años atrás, cuando…
Dios... ¿por qué ahora?
Aún es muy pronto.
Tragué saliva con fuerza. No quería recordar aquel momento os