—Maldición, James, ¿no puedes hacerlo tú? —Me giré a ver al castaño por un momento mientras hablaba por su auricular. Parecía molesto; su ceño estaba cada vez más fruncido—. Estoy ocupado, y ese era tu trabajo... ¿Dará a luz hoy?... Joder, hermano. Solo por esta vez lo haré... Sí, sí... Idiota.
Terminó la llamada y soltó un largo suspiro.
La carretera parecía infinita. El sonido constante de los neumáticos contra el pavimento y el murmullo del motor llenaban el espacio entre Donovan y yo. No ha