Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl rechazo no dolió…
la transformó. Alina no lloró. No gritó. No rompió nada. Simplemente… dejó de intentar. Esa misma mañana, después de salir del comedor, caminó por los pasillos del palacio con una calma que no sentía, pero que necesitaba mantener. Cada paso era una decisión. Cada respiración… un recordatorio. —Una obligación. La palabra seguía ahí. Clara. Fría. Innegable. Pero ya no la hería de la misma forma. Ahora… la endurecía. Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta con suavidad y se quedó unos segundos apoyada contra ella. Silencio. Total. Y entonces, lentamente… dejó caer la máscara. Su respiración se volvió irregular. Sus manos temblaron apenas. Pero no lloró. No lo iba a hacer. No por él. —No eres tan importante —murmuró, repitiendo sus propias palabras del día anterior. Esta vez… no sonó como una mentira. Se separó de la puerta y caminó hacia el espejo. Se observó. Con atención. Como si fuera la primera vez. La chica que la miraba seguía siendo la misma… pero algo había cambiado en sus ojos. Había menos duda. Más frialdad. Más decisión. —Bien —susurró—. Si eso es lo que soy… entonces eso es lo que tendrá. Una obligación. Nada más. Nada menos. Sin esfuerzo. Sin interés. Sin emociones. Alina respiró hondo y comenzó a arreglarse con la misma precisión de siempre. Pero esta vez, no lo hacía para cumplir expectativas… lo hacía por ella. Porque si iba a quedarse en ese lugar… no iba a hacerlo siendo débil. Las horas pasaron. Y con ellas… la distancia creció. Alina no buscó a Darian. No cruzó miradas innecesarias. No inició conversación. Nada. Y eso… no pasó desapercibido. Porque por primera vez desde que había llegado… ella no estaba reaccionando. Darian la vio esa tarde. En uno de los salones principales. Sentada junto a una ventana, leyendo como si el mundo a su alrededor no existiera. Como si él no existiera. Se detuvo en seco. Observándola. Algo no encajaba. No era la misma actitud de los días anteriores. No había tensión visible. No había desafío directo. No había intentos de provocarlo. Solo… calma. Y eso era extraño. Demasiado. Se acercó. Lentamente. Esperando alguna reacción. Pero no la hubo. Alina no levantó la mirada. Ni siquiera cuando él se detuvo frente a ella. —Estás muy callada hoy —dijo finalmente. Ella pasó la página del libro antes de responder. —Estoy ocupada. Seco. Simple. Distante. Darian frunció ligeramente el ceño. —No pareces ocupada. —No pareces relevante. La respuesta fue inmediata. Sin emoción. Sin esfuerzo. Eso… no lo esperaba. Hubo un pequeño silencio. —¿Sigue molestándote lo de esta mañana? —preguntó él. Alina levantó la mirada por primera vez. Pero no como antes. No había fuego. No había orgullo herido. Solo indiferencia. —No. Y volvió a su libro. Como si la conversación hubiera terminado. Darian se quedó quieto. Observándola. Analizando cada detalle. —No parece. Alina cerró el libro lentamente. Y entonces lo miró. De verdad. —¿Quieres saber la verdad? Silencio. —Ya no me importa. Las palabras fueron suaves. Pero el impacto… fue fuerte. Porque esta vez… no sonaban como una defensa. Sonaban reales. Darian no respondió de inmediato. Algo en su expresión cambió. Leve. Pero suficiente. —Eso fue rápido. Alina se encogió de hombros. —Tú lo hiciste fácil. Silencio otra vez. Pero diferente. Más incómodo. Para él. —Eres mi futura esposa —dijo finalmente, como si eso resolviera algo. Alina inclinó ligeramente la cabeza. —Y tú mi obligación. El golpe fue limpio. Exacto. Devuelto. Darian apretó la mandíbula. —No confundas las cosas. —No lo hago —respondió ella con calma—. Solo estoy adaptándome. Esa palabra… no le gustó. —¿Adaptándote a qué? Alina se levantó, dejando el libro sobre la mesa. —A lo que tú quieres. Se acercó apenas. Lo suficiente. Pero sin tensión. Sin carga. Sin nada. —Nada más. Y pasó a su lado. Sin mirarlo de nuevo. Sin detenerse. Sin dudar. Darian no la siguió. No habló. No hizo nada. Pero se quedó allí. Inmóvil. Mirando el espacio vacío que ella había dejado. Y por primera vez… algo no se sintió bajo control. Porque el problema nunca había sido que Alina sintiera demasiado. El problema… era que había dejado de hacerlo. Y eso… eso no lo esperaba.






