Mundo ficciónIniciar sesiónEl día siguiente llegó con una calma engañosa.
Alina despertó más temprano de lo habitual, aunque apenas había dormido. La noche anterior seguía repitiéndose en su mente como una escena que no lograba terminar de entender. La cercanía. Las palabras. La forma en que él la miraba… y luego se alejaba como si nada. Se sentó en la cama, pasando una mano por su cabello con frustración. —No significa nada —murmuró. Y esta vez, se obligó a creerlo. Se levantó con decisión. No iba a dejar que eso la afectara más de lo necesario. Si Darian podía actuar como si nada hubiera pasado… ella también. Se vistió con elegancia, como siempre. Impecable. Intocable. Como él. Cuando bajó al comedor principal, ya estaba allí. Darian. Sentado en la cabecera de la mesa, revisando unos documentos con total concentración, como si el mundo entero pudiera desaparecer y no lo notaría. Ni siquiera levantó la mirada cuando ella entró. Ese simple gesto… le molestó más de lo que debería. Alina caminó hasta su asiento sin hacer ruido y se sentó frente a él. Silencio. Pesado. Incómodo. Esperó. Un segundo. Dos. Tres. Nada. —Buenos días —dijo finalmente, rompiendo la tensión. Darian levantó la vista apenas. —Buenos días. Y volvió a sus papeles. Así. Sin más. Como si ella fuera una presencia secundaria en su rutina. Alina apretó ligeramente los dedos sobre la mesa. —¿Siempre eres así? Él no dejó de leer. —¿Así cómo? —Indiferente. Darian pasó una página con total calma. —Eficiente. La respuesta fue tan fría que dolió. —No estaba hablando de tu trabajo. —Todo lo es. Silencio otra vez. Alina lo observó. De verdad. Intentando encontrar algo… lo que fuera. Pero no había nada. Ni rastro de la tensión de la noche anterior. Ni rastro de la cercanía. Ni rastro de ese momento que a ella aún le daba vueltas en la cabeza. Era como si nunca hubiera ocurrido. Y eso… eso dolía más de lo que quería admitir. —Anoche… —empezó, sin pensarlo demasiado. Darian levantó la mirada. —¿Anoche qué? La forma en que lo dijo… vacía. Sin interés. Sin intención. Alina dudó un segundo. Pero ya era tarde para retroceder. —Nada —respondió, cambiando el tono—. Olvídalo. Darian la observó un instante más… y luego simplemente asintió. Como si realmente no le importara. Como si no necesitara saber. Como si ella no fuera importante. Y ahí fue cuando lo entendió. No era confusión. No era duda. Era rechazo. Claro. Directo. Sin adornos. Alina sintió cómo algo en su pecho se tensaba. —Eres increíble —murmuró, más para sí misma que para él. —Lo sé. La respuesta fue automática. Sin arrogancia. Sin emoción. Solo un hecho. Eso fue suficiente para romper su paciencia. —No, no en ese sentido —dijo, levantando la mirada con firmeza—. En el sentido de que eres incapaz de sentir absolutamente nada. Darian dejó los documentos sobre la mesa. Por fin. —Te equivocas. —¿Ah, sí? —Alina se inclinó ligeramente hacia adelante—. Entonces explícame por qué actúas como si todo fuera irrelevante. Silencio. Corto. Pero cargado. —Porque lo es. El golpe fue directo. Sin intención de suavizar. Sin intención de ocultarlo. Alina sintió cómo algo se rompía. Pequeño. Pero real. —¿Yo también? La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Darian la miró. Directamente. Sin esquivar. —Sí. Esa fue la respuesta. Una sola palabra. Pero suficiente para destruir cualquier duda. Alina se quedó inmóvil por un segundo. Uno muy largo. —Entonces dime… —su voz bajó apenas— ¿qué soy para ti? Darian no dudó. Ni un segundo. Ni una pausa. Ni una consideración. —Una obligación. Silencio. Total. Absoluto. El mundo podría haberse detenido y no habría sido más impactante que esa palabra. Obligación. No persona. No mujer. No futura esposa. Una obligación. Alina sintió el golpe en todo el cuerpo. Pero no iba a darle el gusto de verla romperse. No frente a él. Nunca. Se levantó lentamente de la silla, manteniendo la postura perfecta. Elegante. Intocable. Como si esas palabras no le hubieran afectado. Como si no acabara de sentir cómo algo dentro de ella se desgarraba. —Perfecto —dijo finalmente. Darian no reaccionó. —Entonces asegúrate de cumplir con la tuya —añadió, sosteniendo su mirada—. Porque yo ya no voy a hacer el esfuerzo de ser algo más. Sus palabras fueron firmes. Frías. Casi tanto como las de él. Pero no iguales. Porque a diferencia de Darian… a ella sí le dolía. Giró sin esperar respuesta y caminó hacia la salida del comedor. Paso firme. Espalda recta. Dignidad intacta. Pero en cuanto cruzó la puerta… su respiración se quebró apenas. Solo un segundo. Solo lo suficiente para confirmar lo que ya sabía. Ese hombre… no iba a romperse. No iba a cambiar. No iba a sentir. Y si ella no tenía cuidado… sería ella quien terminaría destruida.






