Ella no volvió a verlo ese día.
Y, aun así, no logró dejar de pensar en él.
Había algo en la forma en que se marchó —sin insistir, sin imponer su presencia como antes— que resultaba más inquietante que cualquier discusión. No fue una retirada tranquila, pero tampoco fue un enfrentamiento. Fue algo intermedio, algo que dejaba preguntas abiertas en lugar de respuestas claras.
Y eso era lo que más le molestaba.
Porque estaba acostumbrada a saber en qué posición se encontraba frente a las personas.