LARS
«¡Muérete!».
Una voz que no conocía resonó en mi interior en medio de aquella opresiva oscuridad, y de pronto lo sentí. Fue un fuerte golpe, tan fuerte que me hizo gritar, y abrí los ojos.
Estaba en un lugar sucio y oscuro. Olía a sangre, a heces y orina, a sufrimiento y desesperación.
—Mi niño, mi niño…
La suave voz de mi madre terminó de llevarme a la realidad, y solo cuando alcé la cara me di cuenta de que estaba tendido en el suelo, y de que me dolía todo el cuerpo.
Hacía frío, me morí