LARS
Pasaron como dos horas y lo sentí moverse. Tenía una mano en sus cabellos y la otra sobre su pecho, y apenas percibirlo me tensé todo.
—Gracias, Alteza —susurró.
Retiré las manos y él se sentó. Se removió el pelo y matizó un bostezo con una mano a la boca.
—No hay de qué —murmuré, de pronto incómodo, y me aclaré la seca garganta.
Mi hambre iba y venía, y creo que solo me mantenía más o menos firme porque era un tipo saludable.
Él se sentó a mi lado, con la espalda pegada a la pared, y susp