Flavia narrando
El primer rayo de sol se filtró por las pesadas cortinas del cuarto de Rafael, iluminando mi rostro aún envuelto en sus brazos. El reloj marcaba las 6:14, y mi cuerpo se tensó al recordar a las gemelas. Intenté deslizarme fuera de la cama, pero sus músculos —duros como acero— me mantenían atrapada en su calor. La escena de la noche anterior invadió mi mente: risas susurradas, caricias que ardían como brasas, la entrega que me hizo olvidar todas las cicatrices dejadas por Deiviso