(Narrado por Flávia)
La oficina de Rafael olía a cuero y whisky caro, pero el aire ahora estaba cargado de un perfume barato y desesperado. Lorena Sinclair giraba frente a la estantería, sus uñas rojas arañando los brazos del sofá como garras de un animal acorralado. Cuando me vio, sus labios se estiraron en algo que intentó ser una sonrisa.
—Señorita Carter. Qué bueno que vino.
—¿Qué quiere? —pregunté, manteniendo la voz firme, aunque mi pulso acelerado me traicionaba.
Ella rió, un soni