Cataleya y yo nos quedamos mirando el camino vacío un rato. El viento movía las bugambilias, pero el pecho me pesaba como si me hubieran puesto un bloque de cemento encima.
—Ven acá —me dijo ella al final—, vamos para la terraza. No te me vas a quedar con esa cara de viuda cuando tu hombre lo que está es trabajando.
Entramos y nos sentamos en la mesa de madera. Josefina nos dejó dos cafés sin preguntar nada. Apenas se fue, Cata me miró de frente otra vez.
—Isa… ¿cómo te sientes de verdad? N