Narrado por Adrián
El sol estaba todavía tibio cuando salimos otra vez hacia el río. Yo llevaba la mano de Isa, suave, cálida, con ese temblorcito que siempre me delata que ella anda pensando en algo. Caminábamos por el sendero de tierra roja mientras las palmas se movían como si aplaudieran.
—Adrián… —dijo ella de pronto—. ¿Te puedo preguntar algo sin que te me hagas el loco?
—Tira, mi amor. Tú sabes que contigo no corro.
Ella se mordió el labio, ese gesto que me revienta en el mejor sentido d