Bajé las escaleras hacia la terraza buscando a Isa. La encontré apoyada en la baranda, mirando el río como si fuera un cuadro vivo. Me acerqué por detrás y la abracé por la cintura.
—Buenos días, reina mía —murmuré contra su cuello.
Ella rió suave.
—Si sigues saludándome así, no salimos de la habitación en todo el día.
—¿Y te quejas? —la giré hacia mí.
—Claro que no —respondió, tomándome la cara con ambas manos—. Pero hoy quiero un día perfecto. Con todos. Con Máximo, con Cataleya… contigo.
—Pe