La mañana después de la nota misteriosa, el desayuno en la terraza era tenso como cable de acero. Adrián no paraba de mirar su teléfono, cara de piedra, mientras masticaba una arepa con huevos. Yo lo observaba, bikini aún puesto de la piscina, tequila de anoche dejando resaca ligera.
—¿Quién mandó esa mierda de mensaje? —pregunté, sirviéndome café negro.
—Un contacto en Italia —dijo él, voz baja—. El cargamento no se perdió en el mar. Lo robaron. Los putos rusos. Los Hombres de Negro. Konstanti