El convoy de jeeps rugía por las trochas selváticas como bestias heridas, dejando atrás el humo acre de la finca en Tibú y el eco de disparos que aún me zumbaba en los oídos. Yo iba en el asiento trasero, con la cabeza de Adrián en mi regazo, su cabello húmedo de sudor pegado a mi falda raída, mientras Javier conducía con una mano en el volante y la otra en la radio, escupiendo órdenes en ese español costeño que rodaba como el río Catatumbo. Cataleya, a mi lado, limpiaba el barro de sus uñas co