Esta vez, los ojos de Clarissa, sin querer queriendo, volvieron a posarse en los labios de Giovanni, que se movían lento, con calma. Eran finos, serios, pero ella sabía bien lo suaves que podían ser.
Le vino a la cabeza la sensación de cuando él la besaba. Solo con mirarlos, los suyos empezaron a secarse, a arder. Tragó saliva y antes de poder evitarlo, los miró sin disimulo.
Giovanni sonrió con disimulo. Se estiró, desabrochó su cinturón y, al hacerlo, sus nudillos le rozaron el vientre.
Claris