MELISA.
Me siento en el restaurante del hotel, justo frente al mar. El sol de Aruba es perfecto, y la brisa marina apenas mueve las palmas. Intento concentrarme en la carta, pero es imposible; el azul turquesa del agua me deslumbra.
Estamos solos en esta mesa, justo antes de la hora pico del almuerzo. El aroma a comida caribeña y sal me abre el apetito. Lo miro mientras él revisa el menú con esa seriedad que aplica a todo, incluso a un simple plato de pescado.
—Oye —le pregunto, doblando mi pro