MELISA.
Entramos en nuestra suite. Las bolsas de compras quedan esparcidas sobre el chaise longue. La luz cálida del atardecer caribeño inunda la habitación, y la hora de zarpar se acerca.
Me dirijo al baño, sintiendo cómo la urgencia y la emoción se mezclan. Este no es un simple cambio de ropa; es un ritual, una transformación que me hace sentir más fuerte.
Me ducho rápidamente, dejando que la sal del mar se escurra. Cuando salgo, el aire acondicionado me da un escalofrío. Me siento frente al