MELISA.
Salimos del coche y el aire cálido y salado me golpea el rostro. Es una sensación tan diferente a la fría tensión de la mansión de mi padre. Siento la arena en el aire antes de verla.
Kostas me toma firmemente de la mano. Su piel está fresca por el aire acondicionado del coche, un contraste con el sol que nos espera. Caminamos hacia la entrada de un resort que no tiene nada de modesto, pero sí mucho de discreto y lujoso.
Entramos en el lobby. El mármol pulido brilla bajo una luz tenue,