MELISA.
Vuelvo a la cocina. Mikeila está limpiando la sangre del suelo con una expresión de pánico contenido.
—Perdóname, Mikeila —le digo, mostrando mi dedo vendado con el pañuelo de seda de Kostas.
—Está bien, Melisa. Es el jefe. Se altera fácilmente —murmura.
El ambiente está tenso, pero el hambre aprieta. Recojo las verduras que logré picar y las utilizo para hacer algo rápido: una sopa simple y algo de pan. Sirvo dos platos, uno para mí y otro con una porción generosa para Mikeila.
La llev