KOSTAS
El rugido de los motores de la lancha rasga la noche, mucho más fuerte ahora que Melisa está segura en mis brazos. Aferrada a mí, su respiración finalmente se ha calmado, aunque su cuerpo sigue exhausto. El viaje por mar es rápido y violento. A mi lado, Herodes vigila a Karen, el prisionero amarrado y amordazado, un fardo de carne que nos servirá como moneda de cambio o como mensaje.
Llegamos al embarcadero secundario donde nos espera Nick. La operación ha sido limpia, pero no sin pérdid