MELISA.
estoy de pie, o más bien, sujetada por Karen. El golpe me ha dejado aturdida; mi labio está partido y sé que mi rostro es un desastre. La cámara y el portátil están encendidos, y la luz dura me ciega parcialmente. Siento la mano de Karen aferrada a mi cabello, tirando lo suficiente para que mi rostro quede bien expuesto. Me obligo a no llorar, a no emitir un solo sonido. Kostas tiene que verme fuerte.
De repente, una imagen aparece en la pantalla del portátil. Es él. Kostas. Su rostro,