MELISA
Me quedo helada en el sitio. Su lealtad ya no es un cálculo de poder; es una obsesión paternal, una distorsión sentimental que me ata a él. Es lo más peligroso que me podía decir.
—Herodes... —tartamudeo, sin saber si agradecer el blindaje o temer a la jaula que acaba de construir a mi alrededor.
Él sonríe, satisfecho con el impacto de sus palabras, como si acabara de ganar una partida de ajedrez.
—Ya. Ya basta de conversaciones serias, tesoro —dice, usando un diminutivo que me crispa lo