MELISA
Contengo la respiración y me deslizo por el umbral de la casa de Herodes. Mi mente tiene una sola cosa clara: conseguir algo suyo que contenga ADN. Algo minúsculo, desechable.
Kostas no está aquí, pero su promesa de venir por mí es un ancla. Sé que me envió vigilada; sus ojos invisibles me cubren, y esa certeza me envuelve con una mezcla de nervios y determinación. Estoy sola en el vientre del enemigo.
El silencio de la opulenta entrada se rompe por un sonido inesperado. No es la alarma