MELISA.
Cuando despierto, el hueco junto a mí está frío. Kostas no está a mi lado.
Me levanto de la cama, sintiéndome pesada y confusa. Me dirijo directamente al baño para darme una ducha larga y caliente. El agua no logra lavar la ansiedad ni la realidad que me espera.
Voy a la cocina, encontrándome con Mikeila, una de las empleadas de la casa, quien parece estar terminando de preparar el desayuno. Ella me mira y suelta una exclamación suave.
—Buenos días, Melisa. Tienes un rostro fatal, queri